jueves, 16 de abril de 2015

Tras la batalla.




Recuerdo haber mirado la muerte a los ojos
y no es tan fea como dicen,
intentaba ser simpática pero nunca lo conseguía, ¿sabes?

Ella era esos ancianos paseando por los pasillos grises de un hospital,
donde la vida le incitaba
puerta sí y puerta no
a echar un pulso definitivo.

Ella era las penúltimas historias de la mili que me contaba mi abuelo,
y otras batallas más cotidianas,
y otras más vitales;
esas eran mis preferidas.

Era ruinas pensantes enganchadas a máquinas que se cargaban las almas,
a base de oxígeno enriquecido en soledad suprema,
y dósis diarias de azúcar amargas.

Era un rayito de luz
que se colaba por la ventana de la 306,
cuando el reloj marcaba las cuatro
y se servían los platos del postre y el café,
y los litros de tila poco eficientes.

Ella era el último suspiro
de aquello a lo que muchos llaman cáncer,
que para otros es la esperanza es lo último que se pierde,
y para mí, mi más sentido hasta siempre.

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