Se ha vuelto costumbre:
correr por el suelo frío,
echándole la carrera al fantasma del hastío,
hasta el final del pasillo cada noche.
Tropezar con las zapatillas
y con todas las pesadillas
que me dejo tiradas en medio de la habitación.
Entrar en el huracán de la hipocresía
cuando te reprocho tu pérdida
y al mismo tiempo te la agradezco;
mi inspiración,
y a la vez mi expiración.
Que las noches sean más largas
porque el despertador no quiere sonar,
ha vuelto a discutir con la monotonía -y lo peor es que le entiendo-.

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