domingo, 26 de abril de 2015

Egoísmo.


Con la frente apoyada en la fría ventanilla, miro al trazo de asfalto culpable de este viaje en coche de 30 minutos que me marea las dudas,
obligándome a vomitar todo lo marchito que hay dentro de mí 
en una bolsa de cartón,
si no fuera por el corazón
que no deja escapar ni un trozo de lo que un día fue y probablemente no volverá a ser.

Miro fijamente a la línea discontinua,
como si esta noche me fuera a contar todas las historias que en cada unos de sus espacios se guardan para siempre. 
Como si me fuera a contar cada accidente, cada frenazo en seco sobre la carretera mojada de abril.
Pero como de costumbre acabé yo contándole lo mucho que te echo de menos. 

Le conté como mis versos se vaciaban de sentimiento y se llenaban de indiferencia,
y se congelaban cuando el sol salía
y se encendían cuando la lluvia volvía.
Le di la lata sobre los que intentaron remplazarte después y no pudieron, no por estar a la altura, porque todos pisamos a la altura del mismo suelo,
ni porque no valieran más,
si no porque no eran tú,
y permíteme decirte; creo que no existe mayor motivo.
Ahora, si me permites subo la ventanilla y tiro todas mis palabras para dejarlas atrás,
y que otros coches se encarguen de hacerlas desaparecer,
no vaya a ser que el corazón se adelante antes que la dueña y se quede,
para siempre,
con todo.

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