lunes, 27 de abril de 2015

360 grados.



Empiezo a cogerle el gusto a esto de arrastrarme.
Metafórica y literalmente si hiciera falta.
Hasta que me sangraran los brazos de no abrazarte,
los labios de tanto no besarte.
Aún estaría dispuesta a recuperar el tiempo en el que la única pintura que llevaba en los labios era tu propia saliva.
Quiero volver.
Que me sujeten,
porque estoy dando media vuelta y ya voy por los 90 grados del giro.
Y sé que alcanzaré la gloria en los 180,
sin premios,
ni medallas,
ni matrículas de honor,
eres la cima.
Y cuando llegue, sé
que me voy a caer
y me voy a abrir la cabeza,
volverán a desencajar mis piezas
y llegaré a los 360 grados,
que no serán más que la suma de los grados de alcohol
de las botellas de vodka en desamor,
y el punto desde donde volví a empezar.

domingo, 26 de abril de 2015

Egoísmo.


Con la frente apoyada en la fría ventanilla, miro al trazo de asfalto culpable de este viaje en coche de 30 minutos que me marea las dudas,
obligándome a vomitar todo lo marchito que hay dentro de mí 
en una bolsa de cartón,
si no fuera por el corazón
que no deja escapar ni un trozo de lo que un día fue y probablemente no volverá a ser.

Miro fijamente a la línea discontinua,
como si esta noche me fuera a contar todas las historias que en cada unos de sus espacios se guardan para siempre. 
Como si me fuera a contar cada accidente, cada frenazo en seco sobre la carretera mojada de abril.
Pero como de costumbre acabé yo contándole lo mucho que te echo de menos. 

Le conté como mis versos se vaciaban de sentimiento y se llenaban de indiferencia,
y se congelaban cuando el sol salía
y se encendían cuando la lluvia volvía.
Le di la lata sobre los que intentaron remplazarte después y no pudieron, no por estar a la altura, porque todos pisamos a la altura del mismo suelo,
ni porque no valieran más,
si no porque no eran tú,
y permíteme decirte; creo que no existe mayor motivo.
Ahora, si me permites subo la ventanilla y tiro todas mis palabras para dejarlas atrás,
y que otros coches se encarguen de hacerlas desaparecer,
no vaya a ser que el corazón se adelante antes que la dueña y se quede,
para siempre,
con todo.

jueves, 16 de abril de 2015

Tras la batalla.




Recuerdo haber mirado la muerte a los ojos
y no es tan fea como dicen,
intentaba ser simpática pero nunca lo conseguía, ¿sabes?

Ella era esos ancianos paseando por los pasillos grises de un hospital,
donde la vida le incitaba
puerta sí y puerta no
a echar un pulso definitivo.

Ella era las penúltimas historias de la mili que me contaba mi abuelo,
y otras batallas más cotidianas,
y otras más vitales;
esas eran mis preferidas.

Era ruinas pensantes enganchadas a máquinas que se cargaban las almas,
a base de oxígeno enriquecido en soledad suprema,
y dósis diarias de azúcar amargas.

Era un rayito de luz
que se colaba por la ventana de la 306,
cuando el reloj marcaba las cuatro
y se servían los platos del postre y el café,
y los litros de tila poco eficientes.

Ella era el último suspiro
de aquello a lo que muchos llaman cáncer,
que para otros es la esperanza es lo último que se pierde,
y para mí, mi más sentido hasta siempre.

miércoles, 15 de abril de 2015

¿Rutina?




Se ha vuelto costumbre:

correr por el suelo frío,
echándole la carrera al fantasma del hastío,
hasta el final del pasillo cada noche.

Tropezar con las zapatillas
y con todas las pesadillas
que me dejo tiradas en medio de la habitación.

Entrar en el huracán de la hipocresía
cuando te reprocho tu pérdida
y al mismo tiempo te la agradezco;
mi inspiración,
y a la vez mi expiración.

Que las noches sean más largas
porque el despertador no quiere sonar,
ha vuelto a discutir con la monotonía -y lo peor es que le entiendo-.

lunes, 13 de abril de 2015

Creer saberte.


Quizás empiezo a perder el rencor hacia historias pasadas cuando vuelvo a leerlas y duelen menos.


Me creo sabia de ti.
Creo conocer
hasta el último rincón de tu mente,
hasta la última esquina de tu piel.

Creo saberme de sobra
la historia de tu cuerpo,
la ciencia de tus besos,
el arte de tu sonrisa asimétrica.

La geografía de tu cuello,
porque son islas tus lunares,
formando archipiélagos con los míos.
En el mar de tu garganta
siento que me pierdo,
como náufrago atrapado
entre la inmensidad del agua y del cielo.
(Porque al fin y al cabo es eso;
inmensidad, intensidad
que tienen los corazones que naufragan
por el océano Vida).

Creo conocerme bien
la astronomía de tus ojos,
los reconocería en cualquier constelación.

(Ahora no diré creo,
diré que que me equivoco.
Sí, lo sé, y también sé
que sabiendo se arriesga más que creyendo,
pero prefiero saber
de mis errores antes que creer
en ellos.)

Sé que no conozco
todos rincones de tu mente,
ni todas las esquinas de tu piel.
También sé que no soy una licenciada
en todas las ciencias que podrían estudiarse dentro de tu anatomía.

Sé aue no soy la que mejor te conoce,
que soy la que -a veces- no te reconoce,
la tonta que -aún- te desconoce,
y la que se creía sabia de ti.

domingo, 12 de abril de 2015

Perdón-a-mí.


Perdón.
Perdón por cada mentira
que tiene mi firma y tu dirección
en el título,
con destino a mi corazón
al recordarte.
Perdón por guardarlas tan bien
en cajitas de cristal frágiles,
dentro de mí.

Perdón por cada verso,
tan bonito
y tan autodestrucción
a la vez;
perdón por convertirte -para mí-
en poesía.

Perdón por ser tan capulla
como tú conmigo.
Por volver a aquellas escaleras
(esta vez sin ti)
y bajarlas de dos en dos,
para disfrazar tu ausencia
de "algún día volverás".
No es que me guste el disfraz,
más bien parece sacado del bahúl
de la vieja casa de unos abuelos,
así que no me queda más remedio
que guardarle cariño
al inservible disfraz.

Perdón al reloj
por cada pérdida de tiempo,
por obligarle a hacer el pino
con las manecillas,
por cada cuenta atrás
de cada una de nuestras quedadas.

Perdóname,
yo del presente,
perdón-a-mí.