miércoles, 27 de abril de 2016

A(prender).


Aprender a hablar de ti.

Llegar a hacerlo como te merces,
cuando los gatos aprendan a bailar
pisándose los pies,
cuando los perros aprendan a tocar
los pocos acordes de guitarra
que a ti te bastan para hacerme bailar.

Aprender a no seguir la corriente:
mirarte a la cara y decírtelo a los ojos.

No ser fecha, porque ni ser tiempo.
Pero por si algún día,
incierto de tus principios,
crees en el tiempo;
pregúntate cuánto tardamos en recorrer tu pasillo,
y si no encuentras respuesta,
pregúntate cuántas veces fuimos capaces de
no sentir los pies en tu pasillo,
y si no me ves dispuesta
a responderte;
pregúntate por mí
o por mis alas,
las que algún día dejé en tu pasillo.

Aprender a hablar de libertad
como buenos hipócritas.

Aprender que no hay meta más alta
que la de quitarle al reloj
la importancia que el resto le da.

He visto más chispas en ti
que en cien apagones eléctricos.
Me estoy quemando con tu luz porque quiero.


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