viernes, 8 de enero de 2016

Huele a mojado.






Cualquiera diría que nací ayer
si me escuchara llorar como un recién nacido en los brazos de su madre,
cada vez que la nostalgia
viene a inundarme.

(Y suerte que tengo la caja esta que palpita impermeable ante este tipo de inundaciones).

Planteándome 80 maneras de jugársela al tiempo,
me ha vuelto a vencer
justo en el momento en el que intentaba ser un "hoy" por completo.
Porque fui tanto
-que en realidad soy-
que se me corta la respiración
cada vez que flotan recuerdos
que traen consigo una revolución.

Fui (y soy siendo) el mar en invierno,
la risa a carcajadas con la seriedad
de la mano,
la piel erizada,
más piel erizada
y el color rojo.
Y 80 mil trozos de mí más,
que terminan de completarme.

Yo que sé. Cacao mental,
que más que a chocolate
me huele a tierra mojada.
No lo sé. Tormentas.
Quién sabe.
Borrascas,
de esas que les ha faltado a este invierno,
porque estaban por aquí
de guardia
en mi cabeza.

Ah, y mentí.
Aquello que palpita lo tengo
cerrado por inundaciones.

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