Quien diga que no conoce
el peso de una madrugada sobre la espalda,
es porque no conoce tu guerra,
o lo que conlleva estar en tierra de nadie
arriesgándolo todo,
o alzar la bandera en carne viva
sobre palabras muertas.
Quien no haya abrazado al miedo
sin mirarlo a los ojos,
sin pensarlo dos veces
(o sin pensarlo ni una vez),
no te conoce;
ni tu cara, ni tu nombre,
ni siquiera el rastro de tu triste sombra,
ni lo poco que conoces tu propia guerra.
Quien consiga estar
totalmente cuerdo
durante toda su existencia,
es porque no conoce
los límites de mi conciencia,
o es incapaz de imaginarse
lo mordida que está
durante tu guerra anónima y cobarde.
Quien no haya estornudado
una segunda vez
después de la primera:
no es de fiar,
pero seguro que tiene más lógica
que tu absurda guerra.
Sangrienta
porque irremediablemente es guerra.
Y absurda
porque no sabes a dónde irá a parar
el río de tu sangre.
Cómo iba yo a seguir el rastro de algo que no es mío
si tiene forma de río
pero no definición.
Ha vuelto oler a carne de cañón en llamas,
y te aseguro que sólo
una mínima parte es mía,
así que cúrate.
O haz lo que te de la gana.
Porque la diferencia entre estar
contigo o en ti,
es una pregunta existencial
sin respuesta;
nacer, crecer, reproducirse,
apostar por ti y morir.
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